Cien años de poquedad

Se apresta Bucaramanga a celebrar el aniversario 400 de su fundación, aunque algunos historiadores, no se sabe si por rigor científico o por veleidades del ego, controvierten la fecha de ese suceso, las identidades de los fundadores, incluso el origen del nombre de la ciudad, aunque al final siempre fracasan en su intento revisionista, porque las fechas rimbombantes se sostienen, como las más poderosas tradiciones, en lo que la gente cree y, como lo demuestra el curso del tiempo, las civilizaciones persiguen enceguecidas aquello en lo que creen, mientras reniegan de lo que saben.

 

De tal modo que, sin que le importe nada a los bumangueses lo que pueda haber de falso o verdadero sobre las leyendas del origen de su ciudad, este 22 de diciembre van a celebrar cuatro siglos de existencia, o de inexistencia, porque otra verdad a la que cuesta trabajo hacerle paso en la conciencia de la gente, es que hemos andado como tortugas vacilantes por la senda de la historia, embutidos en un caparazón de miedos y desconfianza, miopes y torpes frente al futuro, desconfiados y malencarados frente a los demás, que suelen temernos mucho más que admirarnos.

 

Claro que Bucaramanga y Santander tienen mucho qué mostrar, mucho de qué enorgullecerse, pero desgraciadamente, la historia nos ha puesto hoy en una situación indeseable: la política cayó a los fondos más bajos, en todo el siglo no hemos tenido un solo alcalde o gobernador que haya cumplido, la dirigencia privada sólo ha contado con excepciones, en lugar de haber formado un gran equipo de líderes que estuvieran hoy impulsando la región, la seguridad ya casi es sólo un recuerdo. La idea es no mentirnos y decirnos que somos esto o aquello que, en realidad, no somos, sino que fuimos en un pasado que cada vez nos cuesta más trabajo alcanzar con las frágiles vibraciones del pensamiento.

 

La que debería aprovecharse como una oportunidad para reflexionar sobre nuestras taras culturales, y sobre nuestras fortalezas también, en foros, estudios, proyectos, programas, análisis, las autoridades municipales lo han desperdiciado del todo y sólo se ve, en la programación, un río de aguardiente, fiestas de amanecidas catastróficas, bacanales vallenatas, riñas multiplicadas por miles y delitos menores y mayores que ocurren sin remedio y, claro, de la burda celebración lo único que va a quedar, en lugar de una nueva consciencia, es la inconsciencia beoda de un guayabo que se extenderá por cien años de poquedad.

 

La que debería aprovecharse como una oportunidad para reflexionar sobre nuestras taras culturales, y sobre nuestras fortalezas también, en foros, estudios, proyectos, programas, análisis, las autoridades municipales lo han desperdiciado del todo y sólo se ve, en la programación, un río de aguardiente, fiestas de amanecidas catastróficas,

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